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QUIEN HABLA EN NOMBRE DE LA TIERRA

En 1982 Carl Sagan terminaba la gran serie COSMOS con el capítulo terminado “Quien habla en nombre de la Tierra”. En aquellos tiempos de la Guerra Fría, el gran divulgador científico explicaba como los gobiernos de los países, volcados en la enconada lucha entre los dos bloques en que el mundo estaba dividido, no atendían al interés de la Humanidad. Cuestionaba si los líderes políticos realmente perseguían el bien común, o si formaban parte de una máquina que se alimentaba a si misma, formada por el entramado industrial – militar – político, cada vez más poderosa, que nos iba conduciendo más cerca de la confrontación nuclear y del aniquilamiento como especie. Sagan estaba haciendo tal vez su mayor contribución a la humanidad, llamando a la sociedad, a través de cada uno de sus individuos, para que tomara conciencia de la situación e hiciera algo, expresara su opinión y, con ello, rompiera la espiral de poder de aquellos cuyo interés era seguir aumentando el monstruo que podía destruirnos a todos.

Sagan hablaba de la sociedad actual como perteneciente a la infancia de la humanidad, que no había llegado aún a la madurez.

Por fortuna, aquella situación se resolvió bien, considerando como bien que se llegó al término de la Guerra Fría sin que el planeta llegara al holocausto nuclear.

Hoy, la humanidad se ve en una situación, por lo menos, igual de grave. El cambio climático supone una amenaza cierta. No será un suceso repentino como una confrontación nuclear a nivel planetario, será un fenómeno paulatino. Pero, mientras que el primero era completamente evitable, el segundo es completamente inevitable. Llegue antes o después, sea más intenso o menos, el cambio climático está en marcha desde antes incluso de que existiera el hombre. La estrella que nos cobija, nuestro Sol, aumenta de temperatura irremisiblemente. En este sentido, el cambio climático no es algo nuevo, solo es nueva la conciencia que tenemos de el.

Nuestro planeta es único. Lo hace único el hecho de que alberga vida. A partir de la aparición de la vida en la Tierra, esta ha intervenido en el ambiente terrestre y lo ha ido adaptando, hasta el punto de que las condiciones ambientales terrestres no son, en absoluto, las que tendría hoy la tierra de no haber recibido el don de la vida. La tierra es como es porque el conjunto de los seres vivos que la pueblan estabilizan su temperatura y crean un clima completamente anómalo en un planeta que reciba la radiación que la Tierra está recibiendo. Es la vida la que hace la tierra tal y como la vemos. Si la vida no hubiera surgido en la tierra en el pasado remoto en el que surgió, hoy no habría condiciones para que surgiera. La temperatura que alcanzaría hoy la tierra, con la radiación que recibe, no lo permitiría.

La capacidad de la biota para modular el clima terrestre, sin embargo, viene estando perjudicada gravemente por la actividad humana. La población mundial y la necesidad de vienes y servicios que los humanos necesitamos y demandamos está sometiendo al medio natural a una agresión de tal medida, que cada vez tiene menos capacidad de controlar el clima. Mientras que el Sol calienta más cada día, la capacidad del sistema vivo de la tierra, al que James Lovelock llama GAIA, es cada vez menor, por culpa de la enorme actividad del hombre.

Los científicos han dado la voz de alarma, y las sociedades de los países desarrollados se han ido concienciando. Hoy en día, difícilmente se encontrará en Inglaterra, en Austria, en Italia o en España un ciudadano que no esté preocupado, más o menos, por si el mundo será mañana tan acogedor como es hoy para nosotros. Es normal. Haría falta ser muy inconsciente para tomarse a broma semejante asunto.

Una vez concienciados los ciudadanos, es obligado para las empresas del primer mundo el apuntarse a la corriente que sigue su mercado. Seguramente no se encontrará una sola empresa en Europa que no haga gala de su orientación ambiental, de su compromiso con el ambiente. Palabras como sostenible, verde, ecológico han colonizado todo el ámbito económico. Necesariamente, también la política se ha vuelto completamente verde. Todos los partidos son conservadores del medio ambiente, todos son ecologistas, todos son sostenibles.

Las nuevas políticas energéticas deben ir encaminadas a procurar la energía necesaria para el bienestar de los humanos sin afectar a la capacidad de GAIA para modular el clima. Debemos surtirnos de lo necesario sin perturbar al resto de la naturaleza. Los países del mundo desarrollado están en marcha. Aplican nuevas políticas basadas en la implantación masiva de las llamadas energías renovables, en comunión con la industria energética que ha visto en este nuevo ideal un campo abonado para sus negocios. Los gobiernos invierten ingentes cantidades de dinero en subvencionar la aplicación masiva de energías llamadas verdes, sin reparar en el efecto que tal implantación producirá a la biota. Las empresas energéticas, igual que otrora fomentaron las centrales térmicas, fomentan hoy los parques eólicos a granel. Tal vez en diez años se fomente el cubrir la superficie cultivable completa de células fotovoltaicas, en sustitución de las plantas que hoy se cultivan, que habían inventado hace miles de millones de años la tecnología para captar la energía del sol. Un número de científicos han avisado ya de lo peligroso que puede ser el abuso de las fuentes de energía no dependientes de los combustibles fósiles, en cuanto a que su uso puede dañar el sistema de la vida terrestre y reducir, en vez de aumentar, su capacidad de modular el clima del Planeta.

En medio de esta marea verde, el ciudadano de a pie vive inmerso en el bombardeo publicitario de las empresas energéticas. Con su enorme poder económico pueden procurarse publicidad en cantidad para convencer al más reticente de que su acción está dirigida a velar por la Tierra. Tan solo en aquellos casos en que esa acción de las empresas le afecta directamente, tan solo cuando ve como se va a instalar un enorme aerogenerador cerca de su casa, destrozando el ambiente en el que hasta entonces había vivido, tan solo cuando una línea de alta tensión pasa por sus propiedades, devaluándolas, tan solo entonces el ciudadano se da cuenta de lo desacertada de la acción de los gobiernos.

Cabe, una vez más, preguntarnos: ¿Quien habla en nombre de la Tierra? ¿Son las empresas energéticas las que buscan lo mejor para todos? ¿Son nuestros políticos gentes independientes que escuchan a los ciudadanos igual que a la industria energética, a los ecologistas y a los científicos, para luego hacer lo mejor para la sociedad? ¿Quien decide? ¿Qué criterio tiene? ¿Qué motivos persigue? Son preguntas que se hace el ciudadano solo cuando es afectado, solo entonces. Hasta ahora, el resto de la sociedad parece vivir conforme con la marcha de las cosas. Convencidos de que las energías llamadas verdes son intrínsecamente buenas y de que han de instalarse cuanto más mejor. Ya pensaba así la mayoría de la sociedad cuando se construían las centrales térmicas que ahora hay que cerrar.

Merece la pena al ciudadano de a pie preguntarse, antes de que le llegue su turno y caiga también su casa bajo la apisonadora renovable, quién está hablando en su nombre. Pues en nombre de la Tierra solo puede hablar el conjunto de todos y cada uno de los seres humanos, que son, o eso creemos, los únicos dotados de capacidad racional que la pueblan.

Aquilino García López

Ingeniero Agrónomo

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