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¿SON LOS HUMANOS MÁS INTELIGENTES QUE LAS BACTERIAS?

Hace ya varias décadas que los ganaderos utilizan una técnica para conservar forraje conocida como ENSILADO. Los campos producen de forma estacional, el prado produce fundamentalmente en primavera y el maíz en otoño. Las vacas comen todos los días, y lo mejor es que coman igual todos los días. Para conjugar una producción estacional con un consumo constante se desarrolló la técnica del ensilado.

Ensilar forraje es muy fácil. Se cosecha, picándolo de forma que pueda ser apilado y compactado sin dejar mucho aire ocluido, taparlo con una lámina plástica que impida que entre aire a la masa y esperar.

El forraje está lleno de bacterias, de las bacterias que forman la mayor masa de seres vivos del Planeta, las más antiguas, las más resistentes, las que lo impregnan todo. Nosotros mismos somos un conjunto de bacterias andante. No solo las llevamos en la piel, sino que las tenemos a billones en nuestro sistema digestivo, son nuestras socias. Todos sabemos lo que sucede cuando nuestra flora bacteriana se deteriora, como después de tomar antibióticos, los trabajos que pasamos hasta que las bacterias que viven y trabajan con nosotros se restablecen.

Ahora viene lo bueno: En cuanto se corta el forraje las bacterias que utilizan oxigeno empiezan a trabajar, oxidando todo lo que pueden. Al tapar la masa, y como quedó poco aire ocluido, en seguida se termina el oxígeno. A partir de ahí las bacterias oxidativas ya no pueden hacer más, se mueren. Primera extinción.

Ahora es la ocasión de las otras bacterias, de las fermentativas. Esas trabajan sin oxígeno, fermentan los azúcares y producen, como excreciones, ácidos. Su población aumenta, vorazmente colonizan toda la masa de forraje y comen y se reproducen, comen y se reproducen, y excretan y excretan… Como resultado se va liberando ácido al medio, más y más. Y la acidez sube y sube, hasta que empieza a ser un problema para la vida de las bacterias. Demasiado ácido para vivir.

Así se llega al punto en que las bacterias fermentativas ya no pueden vivir con tanto ácido, no son capaces, y se mueren. El forraje está ensilado.

Se ha perdido parte del alimento, lo que consumieron las bacterias hasta acidificar la masa hasta el punto crítico para ellas. Lo demás se conserva por que ya no hay microorganismo que lo consuma. Si no entra nada de aire, porque un ratón perfore el plástico, el silo se hace sin más. No hacen falta conservantes. Fácil, simple.

Las bacterias, que no tienen cerebros para pensar, no pueden hacer de otra forma, están condenadas a proceder del modo en que proceden. No es posible que tomen decisiones y dejen de repetir el proceso una y otra vez.

Ahora pensemos en la Humanidad como conjunto. Los humanos tienen cerebro, hacen ciencia, mandan cohetes al espacio y han descifrado el código genético. Han descubierto su historia, con bastante precisión, desde fracciones de segundo después del Big Bang. Se diría que poco o nada tienen que ver el comportamiento de los seres humanos con el de las bacterias, que son evolutivamente muy primitivas, que no tienen cerebros ni son conscientes de si mismas, o eso creemos al menos.

Solo que observamos que la humanidad crece y consume, se multiplica y consume, y como resultado afecta al clima del Planeta, del único que tiene. Aunque tiene científicos y sabios, expertos en diversos campos del conocimiento y cantidades ingentes de información a su disposición, incluyendo ya la capacidad de incrementar su conocimiento a través de la técnica, con el manejo y procesado de información a través de dispositivos electrónicos, a pesar de todo ello, el ser humano no parece muy diferente de una bacteria. Los gobiernos oyen, pero no escuchan. Las empresas, movidas por la necesidad de presentar resultados, de crecer para no hundirse, pervierten con sus actuaciones todo proceso conducente a reducir el daño al planeta. Parece que no hay solución, que no importa lo que suceda, que estamos condenados a seguir el comportamiento de las bacterias porque nosotros somos, al fin y al cabo, igual de inteligentes que ellas.

Así es que el invento del ingenio humano de tomar energía del viento, algo bueno en si mismo, que podría darnos cierta cantidad de energía sin coste planetario, se pervierte, se hace de forma industrial, especulativa, localizada y alejada del consumo, y con ello nos dirigimos a un resultado que será lesivo para la naturaleza, esa naturaleza que está luchando desesperadamente por seguir estabilizando el clima y que ya no sabe cómo pedir que la DEJEMOS TRABAJAR EN PAZ.

Y ese acto se desarrolla en las sociedades más avanzadas política, intelectual, económicamente del planeta de forma brusca, con prisa, fuertemente subvencionada y en la oscuridad.

De ahí la pregunta: ¿somos realmente los humanos más inteligentes que las bacterias? ¿Nos extinguiremos, envenenados en nuestro propio silo como lo hacen las bacterias? ¿Conseguiremos reaccionar a tiempo?

Si no reaccionamos, nuestro pecado será mucho mayor que el de las bacterias, porque ellas pueden alegar ser muy simples, pueden alegar no tener conciencia, pueden alegar no tener cerebro.

Aquilino García López

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