LA LLAMADA DE LA ALDEA

España es ya un país de ciudades. En 2019 más del 70% de la población se había reunido en el 1% de la superficie del país. La ciudad ofrece trabajo, vivienda, ocio, sanidad, educación, todo al alcance de la mano. Sin embargo, algo falta en la vida de la ciudad que obliga a sus habitantes a salir de ella de vez en cuando. No hay más que ver los noticiarios en fechas como puentes, inicio y retorno de vacaciones, para comprobar que la ciudad no satisface completamente las necesidades de sus habitantes. Las personas que viven en las ciudades necesitan salir, necesitan volver a los espacios abiertos, a cambiar todos los grises del cemento y el asfalto por los colores de la naturaleza, el ruido del tráfico por la campana de un pueblo, por el murmullo del agua.

Las personas más afortunadas conservan una casa en el campo, en la aldea. La casa familiar, ya moderna ya antigua, es siempre un lugar al que volver, un punto de referencia vital que les permite mantener un vínculo con sus orígenes, con sus raíces.

Quienes han perdido ese lazo buscan igualmente en el campo la paz para su espíritu, la calma para sus prisas, y se van de escapada a cualquier sierra, a cualquier pueblo, a cualquier rincón de los muchos que la geografía española atesora, y allí pueden volver a la tierra, al terruño de sus orígenes.

Además de proveer alimentos, el campo es un tesoro que tienen todas las personas de las ciudades, que les acoge en todo momento como una madre y les devuelve a lo que son y han sido, a su familia y antepasados. Un tesoro que pertenece a todas las personas.

Por otra parte, el campo, su medio natural, representa un espacio donde la naturaleza puede aún dominar. Incluso con la actividad agraria moderna, la naturaleza domina el espacio agrario y forestal, y, de esa forma, contribuye a la estabilización del clima de la tierra.

Los pobladores del campo, el campesinado, viven y trabajan en ese medio, son parte de la naturaleza. Producen alimentos mientras abonan, labran, cosechan. Viven en equilibrio con animales y plantas, con la masa de microorganismos que habitan el suelo arable, y todo ello forma parte del mecanismo antes mencionado, que estabiliza el clima a través de la fijación de carbono.

En este contexto, se está asistiendo a un seísmo causado por el proyecto de implantación masiva de energías de las erróneamente llamadas “renovables”, que viene a cubrir de aerogeneradores la práctica totalidad del medio rural. Es algo verdaderamente impactante el ver el despliegue que se está haciendo, con proyectos por doquier. No importa el valor paisajístico de la zona, ni la existencia de parques naturales ni de reservas de la biosfera, mucho menos importa la existencia de viviendas, en donde se aplican criterios de distancia mínima de hace 20 años, cuando la altura de los aerogeneradores era de menos de 1/3 de lo que es ahora.

La justificación que se da es de todos conocida. Pareciera que los promotores, compuestos por empresas privadas del ramo energético e inversores que obtienen licencias para venderlas (sin la mínima intención de hacer nada que no sea papeles) y la Administración, que se deja guiar por ellos casi completamente, hubieran tenido la revelación de que con esto se salvará el mundo. Cuando alguien, como el alumnado del COLEGIO PÚBLICO VIRGEN DE LA CELA en Monfero, remite una carta de preocupación a la ministra Rivera, en la que se quejan de la amenaza que perciben en los proyectos eólicos que hay en curso administrativo en su municipio, la respuesta que reciben se reduce a “peor es el cambio climático”.

Naturalmente, los habitantes de las zonas rurales se revuelven como pueden para conservar su entorno. Por donde van cayendo del cielo los proyectos eólicos van surgiendo movimientos, unos apoyándose en otros, y alzan su voz y claman al cielo en defensa de sus montes, de sus sierras, de su vida, de su paz. Pero son pocos. En la democracia el número lo es todo. Así los habitantes de la aldea no encuentran en la Administración más que respuestas de consuelo, en el mejor de los casos, y de indiferencia en el más habitual, mientras que los promotores juegan con todas las ventajas posibles. Son pocos votos, son prescindibles, sacrificables.

En este cálculo, sin embargo, hay un fallo: La aldea va mucho más allá del concepto estricto. De la aldea, somos todos.

De la aldea es la maestra que vive en La Coruña, es el trabajador del metal que vive en Vigo, es la empleada de banca que vive en Madrid. Todos ellos llevan dentro un aldeano o una aldeana, todos dentro tienen su “terruño”, su lugar querido, sus orígenes, aquello que les identifica y les define.

Y la aldea necesita desesperadamente de la ayuda de sus hijos, de todos sus hijos e hijas. La aldea necesita que quienes viven en La Coruña, en Ferrol, en Madrid, tomen conciencia de lo que está pasando y vean que está en juego la pervivencia de un espacio, de un modo de vida, que es el nuestro, el de todas las personas, es la cuna y el origen de nuestra sociedad.

La aldea debe permanecer, los montes deben seguir siéndolo, los prados deben seguir verdes. Ninguno de estos elementos es el responsable del cambio climático, y en la destrucción de ninguno de ellos está la solución para evitarlo. Nuestro campo y nuestra sierra no pueden ser modificados masivamente, no pueden ser industrializados. Las gentes que vienen y trabajan en ellos, los parientes que todos los urbanitas tienen, necesitan seguir allí, para que todo permanezca. Porque, de este modo, las personas de la ciudad tendrán siempre su aldea a la que retornar, cuando lo precisen, tendrán la casa familiar, que guarda sus raíces. Incluso la que ya se ha alejado en las generaciones de su origen rural, la que no tiene ningún pariente conocido en el campo, incluso esa persona se reconoce y se identifica cuando va al campo, del mismo modo que reconocemos el origen de la vida cuando nos bañamos en el mar, y nos sentimos bien en el agua. Es nuestra memoria genética, tal vez nuestro patrimonio más primario.

La aldea está llamando a sus hijos e hijas de la urbe, pidiendo ayuda en este momento de trance, ¡AYUDÉMOSLA! ¡CONSERVÉMOSLA! Es nuestra, es de todos. Tomemos conciencia de lo que sucede, busquemos información sobre ello, opinemos, hagamos ver a los responsables que no nos da igual perder un capital que es de todos, que lo valoramos y lo queremos conservar. Y así se salvará y seguirá allí, con los brazos abiertos, para recibir a sus hijos, a sus nietos, a los nietos de sus nietos, y para todos será la madre que ha sido siempre.

Aquilino García López.

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