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EL INTERÉS

Es muy común encontrar mención al “INTERÉS LEGÍTIMO” en contratos de todo tipo, o en cualquier otra situación en la que varias partes tienen una relación. Por ese mismo “INTERÉS LEGÍTIMO” grupos de capitalistas han creado los llamados LOBBIES. No encuentro una palabra española para designarlos, de modo que, a mi pesar, seguiré llamándolos por el término inglés.

Hecha esta introducción, vayamos al caso de la función de los “lobbies” energéticos en cuanto al diseño de las políticas energéticas de los estados. No cabe duda de que tales “lobbies” energéticos existen, de que tienen acceso total a los despachos de los más altos niveles, en Bruselas como en Madrid, igual que en San Cayetano. Tampoco cabe duda de que la industria que los respalda es fortísima. No solo tiene un tamaño descomunal, sino que en muy pocas manos controla un bien imprescindible para la sociedad. Si no es el oligopolio perfecto, no le falta mucho. Es también seguro que los técnicos de esta industria, que son los que la manejan, saben más de ella que ningún alto funcionario que pueda tener el gobierno. Los funcionarios públicos sabrán lo que los expertos de las compañías quieran contarles.

Por si lo anterior fuera poco, estas empresas cuentan con los recursos económicos para emplear a cualquier persona. Pueden, por ejemplo, emplear en un puesto en donde haya que trabajar poco, ganar mucho y comer bien, a una persona, digamos, a la que se le deba un favor. Los obstáculos legales para hacer esto son muy leves, y todos los partidos tienen ejemplos pasados y presentes de altos cargos que hoy se ganan su pan dentro de sectores que previamente han regulado. Puertas giratorias: más de 175 exaltos cargos políticos formaron o forman parte de los consejos de administración y equipos directivos de estas compañías.

Toda empresa responde a los intereses del capitalista que ha puesto el dinero para montarla. Ese capitalista, que puede ser Amancio Ortega o un fondo de pensiones de las viudas de Aberdeen (si tal cosa existe), ha puesto allí su dinero para obtener una rentabilidad. Es completamente justo que esto sea así. Para obtener esa rentabilidad una empresa grande, que ya no puede ser dirigida por sus dueños por su tamaño, contrata a un equipo de dirección al que le pide rendimientos. La empresa ha de repartir dividendos o crecer, o ambas cosas. La acción ha de subir para que el rendimiento del capitalista aparezca. Si no hay impedimento, toda empresa busca crecer, para dar al capital su necesario rendimiento.

Ahora bien. ¿Qué sucederá en el caso de que el negocio en el que se desenvuelve una empresa mengua? Si esta empresa es pequeña o mediana, solo le queda apechugar. Limitar en lo posible las pérdidas y amoldarse tan bien como pueda a las nuevas circunstancias. Ahí están las quiebras, las reestructuraciones, incluso los cambios de negocio como las tabaqueras que han ido dejando su actividad poco a poco. Naturalmente, en esas circunstancias los directivos de estas empresas suelen perder sus trabajos y ser substituidos por los malos resultados que se van produciendo, hasta que la empresa consigue estabilizar en un nuevo tamaño y/o actividad.

Pero, si la empresa tiene un tamaño determinado, si la empresa cuenta con un poder suficiente, entonces puede modificar el entorno de una forma similar a cómo la vida en la tierra modifica el ambiente del Planeta. Si la empresa puede meter mano en las administraciones, dirigiendo la acción gubernamental, entonces sus directivos pueden provocar leyes hechas a su conveniencia, EN SU INTERÉS, que mantengan su negocio en los niveles de crecimiento necesarios para conservar sus trabajos.

Es así que el interés de la empresa puede entrar en confrontación con el interés general y, aún así, prevalecer el interés de la empresa, o del grupo de empresas.

Las empresas energéticas tienen el tamaño y la potencia económica suficiente para modificar su medioambiente económico, llevando a los estados a diseñar aquellas políticas que les convienen, a subvencionar aquellas energías que les interesan y a mantener sus negocios boyantes aún cuando la economía de la sociedad acuse severamente el coste de la energía. Henos aquí ahora mismo en este estado, mientras el ciudadano paga carísima la energía que compra, las empresas energéticas tienen rendimientos económicos crecientes. Mientras que el ciudadano de a pie y el industrial mediano y pequeño ven el futuro con preocupación, en los consejos de administración de las empresas eléctricas y petroleras están bien tranquilos pues lo que sucede es lo que ellos habían previsto.

Las empresas eléctricas españolas, por ejemplo, habían invertido en centrales de ciclo combinado y en el gas como fuente de electricidad. Al tener que reducir las emisiones han dejado el carbón y han pasado a potenciar la eólica y fotovoltaica, que es la combinación perfecta para seguir manteniendo sus centrales de gas operativas, mientras que la energía nuclear ha sido y sigue condenada. Como guinda del pastel, se está forzando una enorme subvención a la puesta en marcha de fábricas de hidrógeno a partir de eólica, cosa que carece de sentido porque es, tal vez, la forma menos eficiente de aprovechar la energía de cuantas hay en funcionamiento. Pero que encaja perfectamente en el esquema de las empresas eléctricas. De hecho, cuanto menos eficiente sea, mejor negocio será para ellas a corto plazo. Más habrá que pagarles.

El hidrógeno “verde” será, por su ineficiencia, carísimo. Habrá que subvencionarlo todo el tiempo. A la postre, y no será muy lejos en el tiempo, la sociedad dejará de usarlo por inútil, pero mientras sea subvencionado dará un negocio fabuloso a quien lo maneje.

¿Y después?, ¿qué pasará después?

Los intereses de las empresas debieran coincidir, a la larga, con el interés general, pero sucede que ningún Director General se puede preocupar por lo que suceda en 20 años siquiera, porque su puesto depende de lo que pase este año, el que viene, el siguiente. Otro tanto pasa con un presidente del Gobierno, es un miope que solo ve, en el mejor de los casos, a 4 años de distancia.

El “qué pasará después” no importa mucho cuando “después” es más allá de lo que el equipo directivo espera permanecer en su puesto.

Frente a esta situación, ¿qué hacer? No parece que haya más opción para el ciudadano de a pie que informarse, leer, buscar en internet, contrastar, madurar una opinión sobre si lo que pasa es lo conveniente, porque el ciudadano de a pie tiene un horizonte mucho más amplio, tiene, al menos el de sus hijos y nietos. Vivimos en un país donde se vota. Tenemos ocasión de elegir a los regidores que nos van a gobernar, desde el Municipio al Gobierno de España. Tenemos la capacidad de meter una y no otra papeleta en la urna. Esa capacidad, puesta en práctica de forma racional por una mayoría, cortaría de raíz la fuerza de cualquier Lobby. Es una tarea complicada para el ciudadano, porque los grupos de interés tienen sus tentáculos en los medios de comunicación y promueven la opinión pública favorable a sus intereses, pero, después de todo, nadie le puede poner puertas al campo.

fuente

Yo invito a cualquiera que lea esto a que reflexione si tengo razón o no, si acierto o me equivoco, en todo o en parte. Invito, y aún ruego a todo el que lea esto a que tome una posición racional, a que busque información y no acepte ni lo que yo escribo ni lo que escriben otros, pero que lea a todos y reflexione y, en consecuencia, obre. A que tome conciencia de lo que sucede, vea lo que le conviene y obre para buscar que así suceda. Es lo que hacen las empresas energéticas, hagámoslo también nosotros, por no ser menos. Ellos tienen sus LOBBIES para mirar por sus intereses, MIREMOS TAMBIÉN NOSOTROS POR LOS NUESTROS, porque la suma de todos los nuestros forman el INTERÉS GENERAL.

Aquilino García López.

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